¿POR QUÉ EL RIACHUELO SIGUE CONTAMINADO? (IV)



SIMILITUDES Y DIFERENCIAS ENTRE EL SANEAMIENTO DEL RÍO TÁMESIS DE LONDRES Y EL DE LA CUENCA MATANZA-RIACHUELO

Observatorio de Derechos Ambientales
Defensoría del pueblo
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Por Antonio Elio Brailovsky
Titular del Observatorio de Derechos Ambientales

¿POR QUÉ EL RIACHUELO SIGUE CONTAMINADO? (III)

POLÍTICA

LA CONTAMINACIÓN VISTA
POR LA POLÍTICA Y LA
CULTURA POPULAR

Nos interesa el detalle del modo en que la contaminación de ambos ríos aparece en la cultura de estas sociedades, ya que los cambios ambientales no se producen por acumulación de conocimientos sino por el reclamo social de los sectores más afectados. En 1272 el rey Eduardo I de Inglaterra en una proclamación prohibió la quema de carbón en Londres, cuando la contaminación atmosférica en la ciudad se convirtió en un problema. Diversos episodios posteriores de contaminación generaron reacciones poco duraderas. 4.1. Los usos recreativos en ambos ríos Ambos ríos han tenido una larga tradición de uso recreativo y también de uso para la recepción de contaminantes. Hasta fines del siglo XVIII, el Támesis tuvo un uso recreativo frente a Londres, incompatible con niveles altos de contaminación. En 1717, Haendel estrena su Música acuática, para el rey Jorge I, con una orquesta ubicada sobre barcas y con el propio rey siguiéndolos desde otra. La buena calidad del agua se mantiene varias décadas más del siglo XVIII. Así lo testimonia una pintura de Giovanni Antonio del Canal (Canaletto), fechada en 1746. Si bien Canaletto podía idealizar algunas de sus veduttas, las características de lo que está pintando indican que ese acto no podría haberse llevado a cabo con el río en malas condiciones. La obra muestra un paisaje armonioso, previo a la incorporación de las descargas cloacales e industriales. A medida que la contaminación fue avanzando, el Támesis cumplió funciones sucesivas en distintos puntos de su curso. En la alta cuenca tuvo un uso recreativo, coherente con las visuales vinculadas con sus paisajes naturales. Un siglo después [05] [ 22 ] DEFENSORÍA DEL PUEBLO DE LA CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES Canaletto: Puente de Westminster desde el Norte el día de Lord Mayor Lavery, John: Boating on the Thames, 1890 SANEAMIENTO DEL RÍO TÁMESIS – SIMILITUDES Y DIFERENCIAS CON LA CUENCA MATANZA-RIACHUELO [ 23 ] de Canaletto, testimonia Dickens que a mediados del siglo XIX “En aquellas agradables poblaciones de la orilla del Támesis se oye el agua del río sobre las presas, e incluso, en tiempo sereno, el susurro de los juncos; y desde el puente se puede ver el joven río, con hoyuelos, como si fuera un niño, deslizándose juguetón entre los árboles, incontaminado por la corrupción que le espera en su curso, y todavía lejos de las profundas llamadas del mar”. La cuenca alta fue el lugar lógico para celebrar las famosas regatas entre los estudiantes de Oxford y los de Cambridge. La idealización de ese paisaje ocupa un lugar importante en la historia del arte británico. Así como los impresionistas franceses realizaron pinturas idealizadas sobre el Sena, sus equivalentes británicos hicieron lo mismo con los paisajes de la alta cuenca del Támesis, cuya calidad de agua ya tenía una diferencia abismal con la de la baja cuenca a fines del siglo XIX. En cambio, en el Riachuelo, los usos recreativos estuvieron en casi los mismos espacios que los usos industriales. Tal vez esto ayude a entender una situación incomprensible para muchos extranjeros: el lugar más contaminado de la Argentina, la Boca del Riachuelo, es también un sitio recreativo promovido como atracción turística. Esta contradicción no es actual, sino que se remonta a las primeras décadas del siglo XIX. Una acuarela de Pellegrini, El puente de Barracas en Buenos Aires, muestra un paisaje socialmente valorado como atractivo. Una tarde de sol, un río apacible, algunas Carlos Enrique Pellegrini: El puente de Barracas en Buenos Aires [ 24 ] DEFENSORÍA DEL PUEBLO DE LA CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES vacas que dan carácter rústico a la escena, hay viviendas acomodadas frente al agua. No hay nada que sugiera miseria ni contaminación. El mismo artista refleja, a poca distancia del anterior, una escena del matadero, con toda su crudeza. El pintor no ahorra el episodio truculento de la muerte accidental de un niño, descrito en la obra de Esteban Echeverría. Para atenuar la violencia de la imagen, representa el momento inmediatamente anterior al episodio que lo matará. Por supuesto que una obra debe ser leída en el marco de la cultura que la produce. En este caso, hay que verla en relación con el texto de Echeverría, cuyo propósito es producir repulsión en el lector. Llama la atención la visita organizada por Manuelita Rosas en abril de 1849 para las delegaciones diplomáticas extranjeras, realizada en la desembocadura del Riachuelo, en un sitio donde los olores de la carne en descomposición eran notorios. No fue una visita rápida: se trató de una ceremonia que incluyó naves engalanadas durante el día y farolas en la noche, y detalles tales como vinos de Burdeos y el alfombrado de la casa en la Isla Demarchi donde se sirvió el banquete. Nuevamente, la respuesta está en la cultura, que miraba con orgullo a la ganadería vacuna y aún a sus desperdicios. En forma coherente con esto, Juan Manuel de Rosas edificó su palacio sobre la desembocadura del arroyo Maldonado, en el pantano de Palermo, aguas abajo de las descargas contaminantes de su propio saladero. Carlos Enrique Pellegrini: El matadero SANEAMIENTO DEL RÍO TÁMESIS – SIMILITUDES Y DIFERENCIAS CON LA CUENCA MATANZA-RIACHUELO [ 25 ] Por obra de los saladeros, Guillermo Enrique Hudson llamaba a Buenos Aires “la ciudad más pestilente del globo”. Y nos da la siguiente explicación: “la sangre, tan abundantemente vertida cada día y mezclada al polvo, había formado sobre todo el terreno una costra de medio pie de espesor. Dejo al lector el cuidado de imaginar el olor que se desprendía de esta costra, como asimismo de las barricas de los despojos de carne y huesos que se tiraban por cualquier parte, en montón. Pero no, eso no puede ser imaginado”. Y más tarde o más temprano, por inundaciones, por lluvias o por vertimiento deliberado, todo eso iba a parar al Riachuelo, que recibió de este modo sus primeras heridas. Mientras tanto, el olor se extendía por toda la ciudad. Un testigo de la época dice que: “el olor de los saladeros no es por cierto muy agradable, y en la misma ciudad de Buenos Aires, cuando el viento sopla del lado de Barracas, lugar donde están reunidos, el tufo se hace insoportable, especialmente si se está preparando harina de huesos”. Todos los testimonios son coincidentes: en el Támesis las funciones ambientales extremas (infierno y paraíso) son sucesivas, mientras que en el Riachuelo son simultáneas. Esta simultaneidad tiene importantes consecuencias culturales, que son la convicción generalizada de que no se trata de problemas importantes, sino solo de aspectos pintorescos. En forma simétrica, en la actualidad el embarcadero de lanchas del Tigre se encuentra sobre un brazo muy contaminado del Reconquista, sin que eso afecte su uso turístico. 4.2 El paisaje de la contaminación Aguas abajo del Támesis, la industria y las descargas cloacales generan paisajes infernales. Las obras de Charles Dickens muestran testimonios durísimos sobre las terribles condiciones de vida en las márgenes del Támesis a comienzos del siglo XIX. Uno de sus personajes se ocupa de pescar cadáveres en el río para venderlos después a la policía. Explica que allí recoge el carbón caído de las barcazas y las maderas con que hizo la cuna de su hija. Son lugares donde “la escoria acumulada de la humanidad parecía haber sido arrastrada desde terrenos más elevados, como una suerte de cloaca moral, para quedarse allí hasta que su propio peso los derribara de la orilla y los hundiera en el río. Las ruedas siguieron rodando entre embarcaciones que parecían haber embarrancado y casas que parecían haber echado a flotar, entre baupreses que contemplaban ventanas, ventanas que contemplaban barcos; hasta que finalmente se detuvieron en una oscura esquina, lavada por el río, pero no lavada por nada más”. Agrega en otra novela que “cerca de aquella parte del Támesis que linda con la iglesia de Rotherhithe, donde los edificios de las orillas son más sucios y más ennegrecidas están las embarcaciones del río por el polvo de los barcos carboneros y el humo de las apiñadas y achaparradas casas, existe en la actualidad el más inmundo, el más extraño y el más extraordinario de los infinitos lugares que yacen ocultos en Londres”. [ 26 ] DEFENSORÍA DEL PUEBLO DE LA CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES Hipólito Taine, político francés de la época, dice que la miseria junto al Támesis es más grave que la que vio en otras ciudades industriales. “En las callejas trasversales, donde se percibe un hedor desagradable de podredumbre, se ve ropa tendida para que se seque, andrajos y miseria. Los muchachos parece que brotan a centenares del suelo; en un estrecho patio me he visto rodeado de catorce o quince de estos rapaces, flacos, con los pies desnudos, llevando algunos niños de pecho rudamente cogidos bajo del brazo y cuya cabeza despoblada de cabello, se balanceaba por el suelo”. “Nada hay más lúgubre que aquellos cuerpos blancos, aquellas cabelleras de estopa, aquellos rostros de mejillas lacias y sucias, que se agitan y gesticulan al derredor de Gustave Doré: Muelles de Londres SANEAMIENTO DEL RÍO TÁMESIS – SIMILITUDES Y DIFERENCIAS CON LA CUENCA MATANZA-RIACHUELO [ 27 ] Gustave Doré: Miseria en Londres cualquiera que se acerca á sus moradas, dentro de las cuales sus madres contemplan con extraña inmovilidad al extranjero. Las casas son por lo regular de un solo piso, bajas de techo, verdaderas cuevas donde viven y mueren. ¡Cuán triste será en ellas el invierno, cuando la lluvia y la niebla se repiten una semana tras otra, sin dejar abrir tan solo la ventana para que se renueve el aire! Para que aquella familia no muera de hambre es preciso que o padre no beba, no descanse y no esté nunca enfermo”. En 1871, el dibujante y grabador francés Gustave Doré visitó Londres en lo que llamó “un peregrinaje” y puso en imágenes desoladoras la situación de las barriadas pobres y contaminadas de las orillas del Támesis. [ 28 ] DEFENSORÍA DEL PUEBLO DE LA CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES Faraday ofrece sus servicios al Támesis SANEAMIENTO DEL RÍO TÁMESIS – SIMILITUDES Y DIFERENCIAS CON LA CUENCA MATANZA-RIACHUELO [ 29 ] 4.3. El “Gran Hedor” de Londres Pero hay una etapa, durante el siglo XIX, en que las demandas sociales por la contaminación se profundizan y se desarrollan en forma paralela en Londres y en Buenos Aires. La preocupación por la contaminación del Támesis comienza con un episodio del verano de 1858, conocido como “Gran Hedor”. En esos meses, el olor de los desechos cloacales fue muy intenso en el área central de Londres. Parte del problema fue debido a la introducción de inodoros para reemplazar las escupideras que la mayoría de los londinenses utilizaba y descargaba a menudo en las calles. Esto incrementó en gran medida el volumen de agua y desperdicios vertidos en los pozos negros. Con frecuencia, los pozos rebosaban hacia los desagües de las calles, originalmente diseñados para recoger solo el agua de la lluvia, transportando así vertidos procedentes de las fábricas, mataderos y otras actividades, y contaminando la ciudad antes de descargar en el río Támesis. El verano de 1858 fue inusualmente cálido. El Támesis y muchos de sus tributarios urbanos fueron desbordados con desechos. El clima cálido fue propicio para que las bacterias prosperaran, y como resultado de esto el olor fue tan abrumador que afectó el trabajo de la Cámara de los Comunes y los Tribunales de Justicia. Hicieron las sesiones embebiendo las cortinas en líquidos desinfectantes. Ambas instituciones pensaron en trasladar sus sedes respectivas. Finalmente, unas fuertes lluvias La Muerte rema en el Támesis [ 30 ] DEFENSORÍA DEL PUEBLO DE LA CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES terminaron con el calor y la humedad del verano y la crisis terminó rápidamente. Sin embargo, la Cámara de los Comunes seleccionó un comité especial para que elaborase un informe sobre el “Gran Hedor” y recomendase cómo poner fin al problema. Al afectar la contaminación del Támesis a importantes sectores de poder británicos, los reclamos sobre su estado son muy tempranos y aparecen en la prensa de ese país. Un dibujo satírico publicado por la revista Punch muestra al científico Michael Faraday dándole su tarjeta a un muy sucio Támesis para ofrecerle sus servicios, mientras la redacción espera que el río consulte al profesor. En otra caricatura, un esqueleto vestido con falda y cofia rema suavemente entre animales muertos sobre un Támesis nocturno. Nada perturba su navegación, porque no hay nadie ocupándose de sanear el río, sugiere la imagen. El esqueleto advierte que los que no estén dispuestos a pagar por el saneamiento del Támesis podrán perder sus vidas. 4.4. Las grandes epidemias y el miedo al Riachuelo en Buenos Aires Por su parte, en Buenos Aires la preocupación social por la contaminación del Riachuelo registró picos de mucha importancia durante las grandes epidemias del siglo XIX (cólera en 1867 y 1868, y fiebre amarilla en 1871). En ese momento, la movilización social logró la erradicación de las industrias contaminantes, que eran los saladeros, y la recomposición natural de un ecosistema que estaba fuertemente afectado. Antes de eso, las sucesivas prohibiciones de las descargas contaminantes sobre el Riachuelo muestran su escasa efectividad. Por decreto del 10 de febrero de 1860 se prohíbe que se arrojen al Riachuelo los desperdicios de la faena de los saladeros “por la necesidad urgente de disminuir la putrefacción de sus aguas”. En 1868 por la epidemia de cólera, se ordena a los saladeros destruir los residuos en otra forma que no fuera arrojarlos al Riachuelo y mantener las instalaciones en perfecto estado de higiene. También se les prohibía efectuar la faena de ganado en ese lugar. Como suele suceder, se movieron intereses y el gobernador Alsina tuvo que reconsiderar su prohibición. A menos de dos meses, vuelve a autorizar las faenas de los saladeros, con una serie de condiciones de higiene que no cumplieron. El diario La Nación Argentina denunció: “El olor inmundo esparcido el domingo a la noche por toda la ciudad ha venido a recordamos que los saladeros del Riachuelo continúan con autorización del gobierno sus pestíferas faenas, y a delatarnos la contravención de los saladeristas a las disposiciones superiores que les prohíben arrojar las aguas de cola sin desinfectarlas previamente”. En 1869 H. Armaignac describe los mataderos de Barracas: A pesar de que la mayor parte de los residuos de esos establecimientos se emplearan ya fuese para la industria o para el alumbrado, siempre quedaba gran cantidad de desperdicios inutilizables: y no sabiendo qué hacer con ellos se los arrojaba todos los días a un arro- SANEAMIENTO DEL RÍO TÁMESIS – SIMILITUDES Y DIFERENCIAS CON LA CUENCA MATANZA-RIACHUELO [ 31 ] yo de poca anchura y poca profundidad llamado Riachuelo, que va a desembocar casi a las puertas de Buenos Aires, De resultas de tales operaciones, las aguas del arroyo, sujetas al flujo y reflujo, tenían en suspensión gran cantidad de materias orgánicas animales que se iban depositando poco a poco en su fondo hasta formar bancos de Juan Manuel Blanes: Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires [ 32 ] DEFENSORÍA DEL PUEBLO DE LA CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES varios metros de espesor, incesantemente removidos por la corriente y por los barcos. En 1870, Burton dice algo semejante: (El Riachuelo) “es un Estigio que necesita ser dragado, de 160 pies de ancho, un lento sumidero de barro negro, que muchas veces se pone rojo por el producto de una docena de saladeros. El una vez encantador arroyo está sucio con barro y menudencias y hay un terrible perfume a sebo y carne líquida, mezclado con la esencia de huesos calcinados”. La obra clásica de Juan Manuel Blanes, Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, refleja el estado de parálisis de la sociedad porteña ante las epidemias, donde la única acción que parecía posible era enterrar a los muertos. A comienzos de 1871, en plena epidemia de fiebre amarilla, el diario La Nación publica la siguiente descripción: “El lecho del Riachuelo es una inmensa capa de materias en putrefacción. Su corriente no tiene ni el color del agua. Unas veces sangrienta, otras verde y espesa, parece un torrente de pus que escapa a raudales de la herida abierta en el seno gangrenado de la Tierra. Un foco tal de infección puede ser causa de todos los flagelos, el cólera y la fiebre. ¿Hasta cuándo inspiraremos el aliento y beberemos la podredumbre de ese gran cadáver tendido a espaldas de nuestra ciudad?”. Además de su fuerza testimonial, este texto nos permite reconstruir con un grado razonable de precisión los mecanismos ecológicos que llevaron a la muerte del Riachuelo. La descripción corresponde a un río eutroficado. Es decir, un río que ha recibido un exceso de aportes de sustancias químicas -no necesariamente tóxicas en sí mismaspero que es incapaz de asimilarlas totalmente sin alterar la calidad del agua. En este momento el tenor de oxígeno baja un poco más (y estamos hacia 1870) y comienzan a morir las algas verdes. Las reemplazan las algas llamadas azules, que no son en realidad azules, sino de un color verde oscuro y pueden observarse en las correderas del borde de veredas. Estas algas suelen tener un crecimiento explosivo en presencia de fósforo, común en efluentes orgánicos. Proliferan con tenores muy bajos de oxígeno y dan la apariencia de agua verde y espesa que describe la cita inicial del diario La Nación. Su descomposición termina con el poco oxígeno que le quedaba al Riachuelo. Con ellas mueren peces, crustáceos, bacterias aerobias y demás organismos preexistentes. Quedan dueñas del ambiente las bacterias anaerobias, organismos capaces de vivir sin oxigeno, las que comienzan a producir metano y ácido sulfhídrico: el Riachuelo adquiere así el olor característico de la putrefacción. La contaminación del Riachuelo generó preocupación solo en la época de la fiebre amarilla. De ese año es la protesta de La Nación y su reclamo por sanear el Riachuelo. En el mismo año se autoriza por otra ley al Gobierno provincial a hacer los gastos necesarios en las obras de canalización y limpieza del Riachuelo. De esa época es el argumento de Alberdi, quien describe que: “convertido en fango podrido, forma un foco permanente de infección y peste”. Y afirma que el problema de la contaminación no se soluciona mientras el puerto esté en Buenos Aires. Recomienda “la remoción SANEAMIENTO DEL RÍO TÁMESIS – SIMILITUDES Y DIFERENCIAS CON LA CUENCA MATANZA-RIACHUELO [ 33 ] de su causa inmediata: el puerto, que debe ser llevado a otra parte. Así, la justicia misma pone a Buenos Aires este dilema de bandidos: la bolsa o la vida. Si Buenos Aires quiere vivir, debe ir con el puerto y la aduana a otra parte, los mataderos, los saladeros, las barracas, las inmigraciones sucias, las pestes y las comitivas de la muerte fastuosa”. Pero después de haberse muerto, el Riachuelo resucitó por un breve tiempo. Esta resurrección tiene que ver con el pánico general provocado por la epidemia de fiebre amarilla de 1871. La opinión pública responsabilizó de esta epidemia a la contaminación provocada por los saladeros y al ambiente insalubre que éstos habían creado en las inmediaciones del Riachuelo. El agente transmisor, el mosquito aedes aegypti, proliferó espectacularmente en los charcos costeros que dejó el Riachuelo después de una lluvia torrencial. Los saladeros eran unánimemente odiados por la población porteña, por lo cual el Congreso de la Provincia de Buenos Aires termina por sancionar el 6 de septiembre de 1871 una ley que establece que “quedan absolutamente prohibidas las faenas de los saladeros y graserías ubicados en el Municipio de la Ciudad y sobre el río de Barracas y sus inmediaciones”. Terminaron yéndose al pueblo de Atalaya, donde fueron decayendo hasta desaparecer hacia 1904. En el debate parlamentario se enfrentaron dos proyectos sobre la industria contaminante: uno de sanear sus efluentes y el otro de erradicar los establecimientos. El proyecto de sanear incluye la posibilidad de “arrojar al mar (es decir, al Río de la Plata) los residuos líquidos, o usarlos para fabricar abonos artificiales”. Existía una propuesta del ingeniero Bateman de construir un emisario (es decir. un caño largo) que enviara los contaminantes río adentro. Marcó del Pont sostuvo que “ningún derecho puede haber para corromper ni el suelo, ni el agua, ni el aire”. Por su parte, Elizalde dijo que “El Riachuelo, como vía pública, como todo lo que es de uso común, no es de los saladeros, es de todos. Ellos, para explotar su industria, no tienen derecho a envenenar el agua”. En cambio, Montes de Oca refiere el problema al contexto ambiental de la ciudad: “No nos olvidemos que muy cerca de la ciudad hay terrenos de anegación, que hay quintales de basura que no se ha tocado; que hay corrientes subterráneas en Buenos Aires de líquidos en putrefacción, que es positiva la comunicación entre los pozos y las letrinas de la ciudad, que esta ciudad no tiene desagüe de ninguna clase, que no hay calles anchas, que no hay plazas (…) tenemos en Buenos Aires infinitas causas de producir enfermedades, epidémicas o no”. En última instancia, por más que la depuración fuera técnicamente posible nadie creyó que los saladeros fueran a ponerla realmente en práctica. Así, un sector que podríamos llamar “ambientalista” sostuvo que la situación política no ofrecía garantías de que el Poder Ejecutivo obligara a las industrias a sanear sus efluentes. Por esta razón votaron finalmente por la erradicación de los saladeros. [ 34 ] DEFENSORÍA DEL PUEBLO DE LA CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES Unos años más tarde, se discute si corresponde indemnizarlos, ya que habían llegado al Riachuelo por una invitación oficial. En el debate, Lucio V. López defiende a las industrias contaminantes: “(en) Manchester y otras ciudades hay un gran número de fábricas más insalubres que los saladeros y que, sin embargo, están establecidas en el centro de la ciudad, sin causar perjuicio a la salud”, dijo. Por un breve período, el Riachuelo vuelve a ser el hermoso paisaje de los primeros tiempos de la fundación de la ciudad. Tanto la recuperación del Riachuelo a partir de 1871 como la formación de la Reserva Ecológica Costanera Sur en la década de 1980 nos dan un enorme caudal de información sobre la velocidad de recuperación de los ecosistemas pampeanos. En el primer caso, por la recomposición del ecosistema del Riachuelo, una vez eliminadas las causas del disturbio (los saladeros). En el segundo caso, en el proceso de naturalización de un espacio construido artificialmente. Armaignac, el mismo francés que regresara asqueado del Riachuelo unos años atrás, nos describe el aspecto de Barracas hacia 1880: “Magníficas quintas han sustituido a las barracas de zinc que antaño servían de almacenes o depósitos de carne salada o de cueros: casas elegantes y confortables se levantan en lugar de las chozas donde se refugiaban los numerosos obreros ocupados en esas inmensas carnicerías”. Por unos pocos años, la costa del Riachuelo pasa a ser un lugar de uso recreativo. En ese momento, bajo la presidencia de Domingo F. Sarmiento, fue la última vez que se realizaron acciones serias para sanear la cuenca. Los propietarios de los establecimientos reclamaron la indemnización de daños y perjuicios. La Corte Suprema de Justicia de la Nación entendió que la Provincia se había limitado a reglamentar esa industria por justificadas razones de salubridad; y que no cabía la alegación de derechos adquiridos puesto que los permisos (preexistentes) llevan la condición implícita de que la actividad que se ejerza no sea nociva a los intereses generales de la comunidad. Para la Corte, las restricciones y limitaciones impuestas no configuraban agravio del derecho de propiedad y del ejercicio de una industria lícita porque, según la Constitución, esos derechos están sujetos a las leyes que reglamenten su ejercicio y por ello desestimó el reclamo. Dice el fallo que “ninguno puede tener un derecho adquirido de comprometer la salud pública, y esparcir en la vecindad la muerte y el duelo con el uso que haga de su propiedad, y especialmente con el ejercicio de una profesión o de una industria.” Es interesante destacar que, tanto la legislación sobre el Riachuelo del siglo XIX como la respectiva sentencia de la Corte Suprema de esa época atienden mucho más a la protección ambiental que sus equivalentes actuales. La Ley de 1871 ordena la erradicación de los establecimientos contaminantes y la Sentencia de la Corte de 1887 establece que una industria que contamina perjudica a la salud pública y por esa razón pueden ser expulsados sin indemnización. Por contraste, en el siglo XXI, ni el fallo de la Corte Suprema del caso Mendoza ni la Ley de creación de ACUMAR establecen la clausura definitiva sin indemnización a los establecimientos contaminantes

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